“T”. Una Primera Noche (2)

Este post sigue a “T”. Una Primera Noche (1)
Noto entonces una erección de caballo (en el mundo real y en el paralelo).
La chica se mira la mano. Parece pensativa. Tal vez espera una información sobre sí misma que, por alguna caprichosa razón, yo puedo ofrecerle.
Luego pregunta: “¿Porque soy joven?” Bebo un sorbo de cerveza más. Y respondo, con fingida indiferencia: “Sí. Eso es”. La chica me mira fijamente. Pasan un par de segundos; y enseguida, ríe. “Claro, sólo puedes sacar la información… dándome un beso, ¿no?”
Alzo la vista, desde la cerveza hasta ella. Pero no me apresuro a contestar. “No lo sé. Quizás sí, quizás no. Eso nunca se sabe. No es tan fácil”.

La chica me observa ahora con más curiosidad, como si decidiese qué pensar de mí. Y el primer signo de coquetería surge en su rostro, tal vez sin ser ella consciente. “Ya…” Pero antes de que añada algo más, la interrumpo: “Aquí no hay gente. Si quieres probar, y no te da vergüenza… Aunque antes debes beber un sorbo de cerveza. (Aquí hago una pausa) Puede ayudar”.
Después, le mantengo la mirada. Sus manos se deslizan por su pelo, como si estudiara hacerse una trenza. Y aún pasan unos segundos más. 

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La chica se parecía a la de esta ilustración. Aunque su mirada era más jovial, y su risa —sospecho— era más fácil de conseguir. Desconozco si sabía realmente de sus dotes de sirena; o que yo, por mi parte, jamás he sido un pulpo.

“¿Sólo un beso?” Apoya su pregunta levantando el dedo índice de una mano. Y yo le respondo, con tranquilidad: “Eso es, señorita. Sólo un beso… Sólo tienes que salir, acercarte y darme un beso. No parece muy difícil, ¿no?”

La chica vuelve a reír: “Bueno, me puedo acercar, como antes, y ya está”. Le devuelvo la sonrisa, y le contradigo. “No. Ha de ser un beso sin tensiones, ni físicas ni mentales. Un beso natural”. Ella parece dudar, y mira hacia su derecha, quizá sopesando la posible entrada de algún cliente. Insisto: “Sal. Acércate, sólo será un momento”.

Entonces, la chica deja el cuchillo sobre la barra, y mira otra vez hacia la derecha. Cavila aún unos instantes. Después, se dirige hacia el lado contrario, de forma pausada, para salir de la barra. En su cara se observa una sonrisa, tal vez el principio de una complicidad.
Se aproxima por fin, un poco teatral, y se detiene como a dos pasos de mí.
“¿Estás algo lejos, no?” —le digo. Ella se ríe. En realidad, desea sentir más confianza. “Bueno…” Parece nerviosa. Pero no hace falta que se acerque más. Me levanto del taburete y sin dudar, le agarro la cintura con mi mano derecha, la nuca con la izquierda y oprimo su cuerpo contra el mío. Se resiste por momentos, intentando transmitirme el deseo de alejarse. En definitiva, desea no traslucir sumisión, recordarme que existen condiciones para aquel contacto. Es un beso en el que los labios se enfrentan a otros, se empujan. No pierdo mi oportunidad, y sólo después de unos segundos, la suelto. 

“Bien” —le digo con decisión; y entorno los ojos, escudriñándola.
Ella se apoya en la barra. Es un movimiento que realiza por no quedarse quieta, por no revelar cierta tensión. Pero también para no hacer caer en un bache la dinámica del juego que le he propuesto. Aprieta sus labios el uno contra el otro; quiere indicar que ha cumplido su parte del trato, y que la atracción ha cerrado. A menos que yo me gane otro viaje, claro. Su nerviosa sonrisa posee un matiz frívolo, y también cierto orgullo por saberse un buen premio. Ahora espera que yo hable, que diga algo. Creo que se siente algo intimidada, y esto no parece disgustarla.

“Pronto no estarás aquí —mientras escucha, sus ojos, sutilmente, se abren más—. Y te sentirás más orgullosa; descubrirás algo nuevo que te hará dudar. Estarás mejor valorada y conocerás a gente importante. Pero…”
Ante mi pausa, frunce de forma inconsciente el entrecejo. “¿Pero…?”
Dejo de mirarla y agarro la cerveza. Bebo y noto su vista, algo impaciente, fijarse en mi boca. Lo está juzgando todo, cualquier movimiento. Instintivamente, está procesando cualquier dato del ambiente para esclarecer mi falsedad; o para seguir bailando al ritmo —todo es cuestión de mantener el ritmo— del encantador de serpientes que la ha hecho salir del cesto.

“Pero ese trabajo, ese lugar… No es exactamente el sueño que tenías… No sé, quizá sea un sueño obsoleto. O quizá tu sueño ya no tenga importancia. Me pregunto… ¿Qué harás entonces?”

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Como el sátiro o la bestia de la estampa, me veía presto a saltar sobre la amurallada carne, sobre la humedad en sazón custodiada por un cerrojo tierno y en forma de duda. 

Sus ojos se mueven hacia un lado. Parece intentar encajar lo que le he dicho en un significado más personal y concreto. Pero quizá no lo consigue, y enseguida me aborda con otra pregunta. “¿Así que vas besando a la gente para saber de sus vidas? ¿También besas a tíos?” Ahora se ríe, pícara porque cree haberme puesto en un aprieto. O haber atacado mi hombría. Pero sólo es una prueba. Una de las tantas que usan las mujeres con los hombres para observar su reacción y saber qué llevan dentro. Así que no hay ningún problema con esto.
“Pues… yo beso a quien me da la gana. Eso no es asunto tuyo. Por cierto, antes no has bebido cerveza. ¿Por qué no echas un trago y me besas de una forma… más humana? ¿O es que no te atreves?”
La chica posa su vista en la cerveza. Duda. O eso me parece. “¿Y eso… qué cambiaría?” La miro fijamente. Y no me hace falta pensar en la respuesta: “Todo. Lo cambiaría todo”.
Su vista se desplaza a mis ojos. Pero antes de que ella pueda decir nada, una sombra, proyectada a mis espaldas, le cubre el rostro. Su ánimo cambia al instante, se viste de rutina, y observa al cliente que pasa por la puerta, detrás de mí. La chica vuelve a entrar a la barra, me evita la mirada, pero se dirige a mí: “Espera”. Y en su tono, en su atención dividida, distingo que ha empezado a habitar conmigo un mundo más íntimo, y que lo guarda ya de la mirada de otros.
Continúa en “T”. Una Primera Noche (3)

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