“T”. Una Primera Noche (1)

Soy “T”. También tengo ‘taytantos’. Mido 1’83, estoy bien formado y poseo una mirada expresiva que moldeo con destreza para declarar lo que siento o deseo. Pero al contrario que mi amigo “R”, he decidido que mi historia se desarrolle paso a paso, evitando hoy al menos un relato sobre mi situación específica actual.

Quizá lo mejor sea empezar por un día cualquiera. Por ejemplo, por esta misma noche. ¿Por qué no?
Es octubre, son las 21.45, y camino por las calles de una gran ciudad. Podría empezar entonces por decir que entro a este bar…

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“Creo que hay maneras diversas de sentir una ciudad. Se puede mirar a sus calles como lo harías sobre un plano, desde luego. Y por un tiempo, de forma inconsciente, yo viví así mi ciudad. Una ciudad llena de rutina”.

Primera Noche
Entro en un bar. Tengo tiempo antes de que llegue “P” y vayamos al centro. En realidad es un pub. Imita la decoración de una taberna irlandesa, pero no se han esforzado mucho en los detalles. Así que tenemos la típica madera por todos lados y las lámparas de pantalla verde sobre la barra. Y por mí bien.

No hay casi gente. Es normal, aún es pronto. Un camarero me encara al otro lado de la barra; y me pregunta qué va a ser. Me acomodo en el taburete, y le digo que una cerveza.
Me la sirve, y entonces desaparece por una puerta a su izquierda. Supongo que ahí es donde está la cocina.

La música —rock de los ’80— no está muy alta. Oigo otra puerta abrirse, al fondo del pub. Una chica de pelo moreno, que carga bolsas con botellas, se acerca. Me saluda y pasa dentro de la barra. Es otra camarera. Tendrá unos… veintisiete años, mide alrededor de 1’70 y está realmente bien terminada. Brindo en silencio por la naturaleza, y tomo un sorbo de cerveza.

La chica se sitúa frente a mí. Ha sacado de una bolsa un puñado de limas y las ha dispuesto sobre las cámaras, bajo la barra. Se retira un mechón rizado y denso que le estorba y agarra un cuchillo. Ahora que está concentrada en su tarea —cortar limas, para cócteles supongo— la miro más detenidamente. Lo primero que observo son sus pechos, redondos y de buen tamaño. Muy bien proporcionados. Esas dos frutas de carne firme vibran levemente al manejar el cuchillo. Pugnan dentro de su camiseta negra, tan ajustada que creo que, cuando rozan cualquier cosa, ella se siente desnuda. Imagino que esto la puede excitar. Quizá contra su voluntad. Esto es bueno.

La piel de la chica es blanca, aunque está claro que viene del sur. Tiene una mirada inteligente y, por alguna razón, esto contrasta con el rojo infantil de sus labios. También observo su pelo. Es voluminoso, vivo, y está reagrupado por varias pinzas, en lo que parece haber sido una maniobra urgente o descuidada. Ahora me centro en su rostro. Posee unos ojos grandes, oscuros. En ellos puedo leer jovialidad, y en sus rasgos —aunque bastante diluido ya— se aprecia un matiz que podría hacerla, en cualquier western, hija de un jefe indio.

“Esta es otra manera de sentir la ciudad. Sus rincones son un cúmulo de experiencias subjetivas. Esta primera noche resurgió la idea que más adelante en el blog volveré a mencionar. La de volcar mi propio cóctel mental sobre sus calles. La de entablar una conversación física con su propia personalidad. Y así crearlas de alguna forma yo mismo, mientras ellas me crean a mí”

Noto un impulso sexual. Casi estamos solos en el pub. La luz es cálida. Y mientras apuro la cerveza mi mente juguetea con una realidad paralela. Una en la que me dirijo a la chica, y le pido otra cerveza:

Me muestra su sonrisa, limpia y clara; aunque ésta, decididamente, es parte de su trabajo. Me acerca la bebida y saca un abridor de su bolsillo trasero. Y mientras abre la cerveza, me lanzo. Sin ninguna razón. Demasiado violento, pienso. Le sujeto la mano, e inclinándome sobre la barra, tiro de ella hasta que fuerzo a la chica a juntar sus labios con los míos. Después, le suelto la mano y vuelvo a mi posición anterior. Alcanzo la cerveza recién abierta y me la acerco a la boca.

La chica se ha quedado perpleja. Tiene los ojos abiertos de par en par y se echa hacia atrás. Después alcanza el cuchillo y me grita, no demasiado alto: “qué coño haces”. Tiene carácter. Pero su reacción ha sido tardía. No hay duda de que está confusa. “No me lo tengas a mal, a veces…” Es el momento de no dejarla reaccionar. “Eres… colombiana (Creo. Me gustaría. Me encanta Colombia); tienes un gran sueño desde hace años. Pero ahora te sientes muy lejos de él. También hay una persona, allá en tu tierra, a la que te gustaría ver, pero piensas que es imposible que eso suceda”. En su rostro se acentúa la sorpresa. Y termino: “Y sabes besar mucho mejor de lo que lo has hecho. Acércame tu mano. Quiero verla”.

Cuando me contesta, intenta que su tono muestre enfado, pero no llega a conseguirlo del todo: “¿Qué eres, aprendiz de adivino o qué? Tengo un cuchillo”. No soy aprendiz de adivino, pienso. Pero conozco a alguno, y lo que le he dicho es el retrato de casi cualquier ser humano. Está claro que he acertado. Le respondo rápidamente: “Ya sé que tienes un cuchillo. Déjame ver tu mano. ¿Tengo pinta de psicópata?”.

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Todo recomenzó con un impulso sexual. La veía abandonada a su suerte, en mis manos. Inconsciente de sus gestos de placer, de cómo se desordenaba su melena, frondosa y negra. Tal y como yo imaginaba su entrepierna

Por un momento parece dudar, y mira a su izquierda, como si tuviera miedo de que alguien la viese. Sigo: “Puedo saber más cosas por tus labios, pero quiero mirar en tu mano”. Tras una pausa, se acerca de nuevo, con cautela. Y ahora se muestra desafiante. Pero se acerca. Extiende su mano hasta la mitad de la barra. “Ok. A ver, ¿qué más sabes de mí, tipo raro? Y recuerda que este cuchillo… corta”. Lo recuerdo perfectamente, pero no presto atención a ello. “Enséñame la palma, y acerca tu mano más”. En tensión y con lentitud, me obedece. Con tranquilidad, paso mi dedo corazón por las líneas débilmente marcadas en su mano izquierda. Su piel es suave, y acentúo la caricia durante unos segundos. “Aún eres muy joven. No se puede saber gran cosa por estas líneas”.
Continúa en “T”. Una Primera Noche (2)

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